lunes, 11 de marzo de 2019

Cuando la vida era así de simple....

No caían tantas lágrimas desde entonces, no caían lágrimas tampoco entonces. El corazón es un péndulo, los segundos pasan rápido, la vida vuela, cada beso es un adiós... El mar borra las huellas que dejamos en la arena y las guarda para siempre en lo profundo, las lleva lejos, las hunde en infinitos rincones que no hemos de ver... Pero la ola siempre trae lo que se lleva, y revienta tu cabeza contra las rocas justo cuando pensabas que sólo había paz.
Mirar hacia atrás es entender tanto y tanto del presente.
No te fuiste, no puedes, como yo no pude evitar que llegaras, como nada pudo evitar que te viera desaparecer tras la montaña.
El corazón es un manto siniestro lleno de recovecos, lleno de almibaradas palabras que no significan nada.  De alguna forma en todo vives, y yo visito tus huellas, y tu respiras las nostalgias de lo que pudo ser, de lo que fue y lo que es.
Vives en la ausencia, vives en la libertad, vives en mi cabeza cuando pierdo mi lengua, vives en mi mapa vibrante, en la latente huída, en el halo de libertad, en los clamores de la selva, en la densidad del vapor de este aire asfixiante, en el café, en el humo vainilla que todo invade cuando la nostalgia me enreda y me lleva lejos. Cuando el aire se llena de reflejos de esa tormenta, cuando aún cruje la leña que abriga tu desértico beso.
Entre valles descoloridos, entre bosques espesos, con la delicada brisa que quebró cada uno de mis huesos, mi piel, mi sangre... todo se fundió, todo se fue tras de ti. ¿Qué quedó de mí? Qué ha quedado, nada sino tu esencia, tu delirio de libertad.
No volvió a vibrar la noche, no volvió a derramarse, no volvió , porque nada nunca vuelve.
Hubiese arrancado mis ojos, hubiese apagado mi voz, hubiese cortado mis piernas por no seguirte; pero mi sangre, mi sangre a borbotones como un río emergió en tu valle y se deslizó para que en ti floreciera cada una de las sonrisas que nos dimos.
Era petróleo, o era madera, o era la ceniza? O era la cocina, o la lluvia, o la nieve? O era tu boca, o tus manos frías, o la miel triste de tus ojos que tanto reían?
Tuve el desencanto, tuve la hiel áspera de la distancia.
Nada volvió nunca a ser igual, y yo jamás volví  a ser yo.


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